La Universidad de El Salvador: ¿175 años para celebrar o para reflexionar?

Carlos Gregorio López Bernal

Docente de Ciencias y Humanidades

En este mes de febrero se celebra el 175 aniversario de la fundación de la Universidad de El Salvador. La efeméride encontrará a la Universidad cuasi acéfala, sobre llevando su trabajo por medio de una rectoría interina que obviamente no tiene la posibilidad de incidir en los grandes problemas que la institución enfrenta. No es un escenario muy propicio para celebrar, pero sí para reflexionar.

La UES inició el proceso de elección de autoridades a mediados de 2015; la nueva rectoría debió tomar posesión a finales de octubre, pero una serie de problemas — propiciados por la intervención de agentes políticos externos —los artilugios legales por parte de uno de los candidatos, más la connivencia de la Asamblea General Universitaria (AGU), hicieron que el proceso se alargara, hasta llegar a una situación de estancamiento de la que no se avizora una salida inmediata.

Las causas superficiales de esta problemática se pueden encontrar en la coyuntura inmediata: la tozudez de un candidato que quiere llegar a un puesto de poder, no por la voluntad de los electores, sino por arreglos políticos bajo la mesa, y una favorable correlación de fuerzas en los órganos de decisión de la Universidad. También en una cultura política universitaria que cada vez se parece más a la del país, en las cuales los procesos electorales marginan las virtudes cívicas y democráticas para centrarse en la propaganda vacua, en la difamación y las promesas rayanas en la irresponsabilidad, que al final entusiasma a pocos y hastía a muchos.

Hay mucho que decir sobre los procesos electorales en la Universidad. Son largos, complejos y poco en ellos garantiza el respeto a la voluntad de los votantes. Por alguna razón la ley deja la decisión en la Asamblea General Universitaria, en la que las filias y fobias político-ideológicas pueden terminar desnaturalizando y deslegitimando los resultados. Y bien es sabido que estos procesos no están exentos de intereses de actores políticos no universitarios. Paradójicamente, esa universidad que reivindica una larga tradición de lucha en defensa de su autonomía, calla complacientemente hoy en día, aunque sea vox populi la intervención de ciertos sectores ligados al FMLN en sus procesos electorales.

Por razones históricas y legales, en la Universidad se vive una prolongada dictadura. La dictadura de los órganos colegiados de gobierno establecida en su Ley Orgánica y que refleja la herencia de las luchas de los años sesenta y setenta en contra del autoritarismo de los gobiernos militares. Quizá bienintencionados en principio, quienes elaboraron la ley orgánica, trataron de construir un orden legal que conjurara los demonios abusivos del poder ejecutivo — léase rectoría o decanatos —, y crearon una aberración política en la que el poder real reside en la AGU, el Concejo Superior Universitario o las Juntas Directivas de las Facultades, sin que exista un contra peso a su poder. De tal manera que estos órganos no ejecutan, pero pueden incidir en cualquier toma de decisión.

En consecuencia, la representación de sectores docente, estudiantil y profesional, en principio positiva en tanto más democrática, se convierte en una desnaturalización de la democracia; para el caso, por correlación de fuerzas la AGU ignora la voluntad de los electores que daban el triunfo a la Maestra Ana María Glower, acepta las impugnaciones de un candidato y ante el vacío de poder que esto provoca, termina nombrando un rector interino. Y este tipo de situaciones se repiten en diferentes niveles; en la UES se vota mucho, pero se elije poco.

Y a todo esto se suma la preocupante indiferencia de la comunidad universitaria. Pareciera que como la Universidad sigue funcionando no hay nada de qué preocuparse. Craso error. Que la Universidad funcione no se reduce a que imparta clases. Que la Universidad funcione implica que aporte al desarrollo del país, que genere nuevos conocimientos a través de la investigación, que se pronuncie pertinentemente sobre los problemas del momento, pero también sobre los retos por venir. Y todo esto no podrá hacerlo, si no recupera su sentido de universidad pública. Para ello es preciso analizar las causas profundas que bloquean el desarrollo universitario desde hace décadas. Se intentará hacerlo en el próximo.

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